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Lectura Numero 38

LA CUARTA PÁGINA
La corrupción y el mérito
El descrédito y el deterioro de la función pública favorecen el ejercicio de la arbitrariedad política y las decisiones corruptas. Construir una administración profesional, austera y eficiente es difícil, pero no imposible


El espectáculo ahora por fin visible de la corrupción no habría llegado tan lejos si no se correspondiera con otro proceso que ha permanecido y permanece invisible, del que casi nadie se queja y al que nadie parece interesado en poner remedio: el descrédito y el deterioro de la función pública; el desguace de una administración colonizada por los partidos políticos y privada de una de sus facultades fundamentales, que es el control de oficio de la solvencia técnica y la legalidad de las actuaciones. Cuando se habla de función pública se piensa de inmediato en la figura de un funcionario anticuado y ocioso, sentado detrás de una mesa, dedicado sobre todo a urdir lo que se llama, reveladoramente, “trabas burocráticas”. Esa caricatura la ha fomentado la clase política porque servía muy bien a sus intereses: frente al funcionario de carrera, atornillado en su plaza vitalicia, estaría el gestor dinámico, el político emprendedor e idealista, la pura y sagrada voluntad popular. Si se producen abusos los tribunales actuarán para corregirlos.
Está bien que por fin los jueces cumplan con su tarea, y que los culpables reciban el castigo previsto por la ley. Pero un juez es como un cirujano, que intenta remediar algo del daño ya hecho: la decencia pública no pueden garantizarla los jueces, en la misma medida en que la salud pública no depende de los cirujanos. Los ánimos están muy cargados, y la gente exige, con razón, una justicia rápida y visible, pero no se puede confundir el castigo del delito con la solución, aunque forme parte de ella. El puesto de un corrupto encarcelado lo puede ocupar otro. El daño que causa la corrupción puede no ser más grave que el desatado por la masiva incompetencia, por el capricho de los iluminados o los trastornados por el vértigo de mandar. Lo que nos hace falta es un vuelco al mismo tiempo administrativo y moral, un fortalecimiento de la función pública y un cambio de actitudes culturales muy arraigadas y muy dañinas, que empapan por igual casi todos los ámbitos de nuestra vida colectiva.
El vuelco administrativo implica poner fin al progresivo deterioro en la calidad de los servicios públicos, en los procesos de selección y en las condiciones del trabajo y en las garantías de integridad profesional de quienes los ejercen. Contra los manejos de un político corrupto o los desastres de uno incompetente la mejor defensa no son los jueces: son los empleados públicos que están capacitados para hacer bien su trabajo y disponen de los medios para llevarlo a cabo, que tienen garantizada su independencia y por lo tanto no han de someterse por conveniencia o por obligación a los designios del que manda. Desde el principio mismo de la democracia, los partidos políticos hicieron todo lo posible por eliminar los controles administrativos que ya existían y dejar el máximo espacio al arbitrio de las decisiones políticas. Ni siquiera hace falta el robo para que suceda el desastre. Que se construya un teatro de ópera para tres mil personas en una pequeña capital o un aeropuerto sin viajeros en mitad de un desierto no implica solo la tontería o la vanidad de un gobernante alucinado: requiere también que no hayan funcionado los controles técnicos que aseguran la solvencia y la racionalidad de cualquier proyecto público, y que sobre los criterios profesionales hayan prevalecido las consignas políticas.

El cambio, el vuelco principal, es la exigencia y el reconocimiento de la capacidad personal

En cada ámbito de la administración se han instalado vagos gestores mucho mejor pagados siempre que los funcionarios de carrera. Obtienen sus puestos gracias al favor clientelar y ejercen, labores más o menos explícitas de comisariado político. Pedagogos con mucha más autoridad que los profesores; gerentes que no saben nada de música o de medicina pero que dirigen lo mismo una sala de conciertos que un gran hospital; directivos de confusas agencias o empresas de titularidad públicas, a veces con nombres fantasiosos, que usurpan y privatizan sin garantías legales las funciones propias de la administración. En un sistema así la corrupción y la incompetencia, casi siempre aliadas, no son excepciones: forman parte del orden natural de las cosas. Lo asombroso es que en semejantes condiciones haya tantos servidores públicos en España que siguen cumpliendo con dedicación y eficacia admirables las tareas vitales que les corresponden: enfermeros, médicos, profesores, policías, inspectores de Hacienda, jueces, científicos, interventores, administradores escrupulosos del dinero de todos.
Que toda esa gente, contra viento y marea, haga bien su trabajo, es una prueba de que las cosas pueden ir a mejor. Construir una administración profesional, austera y eficiente es una tarea difícil, pero no imposible. Requiere cambios en las leyes y en los hábitos de la política y también otros más sutiles, que tienen que ver con profundas inercias de nuestra vida pública, con esas corruptelas o corrupciones veniales que casi todos, en grado variable, hemos aceptado o tolerado.
El cambio, el vuelco principal, es la exigencia y el reconocimiento del mérito. Una función pública de calidad es la que atrae a las personas más capacitadas con incentivos que nunca van a ser sobre todo económicos, pero que incluyen la certeza de una remuneración digna y de un espacio profesional favorable al desarrollo de las capacidades individuales y a su rendimiento social. En España cualquier mérito, salvo el deportivo, despierta recelo y desdén, igual que cualquier idea de servicio público o de bien común provoca una mueca de cinismo. La derecha no admite más mérito que el del privilegio. La izquierda no sabe o no quiere distinguir el mérito del privilegio y cree que la ignorancia y la falta de exigencia son garantías de la igualdad, cuando lo único que hacen es agravar las desventajas de los pobres y asegurar que los privilegiados de nacimiento no sufren la competencia de quienes, por falta de medios, solo pueden desarrollar sus capacidades y ascender profesional y socialmente gracias a la palanca más igualitaria de todas, que es una buena educación pública.

Una cultura civil muy degradada ha fomentado en España el ejercicio del poder sin responsablidad

Nadie se ha beneficiado más del rechazo del mérito y de la falta de una administración basada en él que esa morralla innumerable que compone la parte más mediocre y parasitaria de la clase política, el esperpento infame de los grandes corruptos y el hormiguero de los arrimados, los colocados, los asesores, los asistentes, los chivatos, los expertos en nada, los titulares de cargos con denominaciones gaseosas, los emboscados en gabinetes superfluos o directamente imaginarios. Unos serán cómplices de la corrupción y otros no, pero todos contribuyen a la atmósfera que la hace posible y debilitan con su parasitismo el vigor de una administración cada vez más pobre en recursos materiales y legales y por lo tanto más incapaz de cumplir con sus obligaciones y de prevenir y atajar los abusos. Una cultura civil muy degradada ha fomentado durante demasiado tiempo en España el ejercicio del poder político sin responsabilidad y la reverencia ante el brillo sin mérito. Caudillos demagogos y corruptos han seguido gobernando con mayorías absolutas; gente zafia y gritona que cobra por exhibir sus miserias privadas disfruta del estrellato de la televisión; ladrones notorios se convierten en héroes o mártires con solo agitar una bandera.
Esta es una época muy propicia a la búsqueda de chivos expiatorios y soluciones inmediatas, espectaculares y tajantes —es decir, milagrosas—, pero lo muy arraigado y lo muy extendido solo puede arreglarse con una ardua determinación, con racionalidad y constancia, con las herramientas que menos se han usado hasta ahora en nuestra vida pública: un gran acuerdo político para despolitizar la administración y hacerla de verdad profesional y eficiente, garantizando el acceso a ella por criterios objetivos de mérito; y otro acuerdo más general y más difuso, pero igual de necesario, para alentar el mérito en vez de entorpecerlo, para apreciarlo y celebrarlo allá donde se produzca, en cualquiera de sus formas variadas, el mérito que sostiene la plenitud vital de quien lo posee y lo ejerce y al mismo tiempo mejora modestamente el mundo, el espacio público y común de la ciudadanía democrática.


Comentarios

  1. Ante lo expuesto en la lectura, en primera instancia es necesario definir que Bolivia está dentro de esas sociedades que tienen intrincada una Burocracia y corrupción de características dañinas, y que sobre todo posee un aparato judicial altamente ineficiente, que solamente parece funcionar con celeridad cuando se trata de enemigos políticos del actual gobierno. Además, es cierto que existen funcionarios públicos (no todos) que dirigen una institución de la que poco o nada conocen, y son sólo recomendados políticos (por supuesto ello también es uno de los efectos secundarios que tienen medidas como poner el techo salarial en el ingreso del Presidente, lo que provoca la llamada "fuga de cerebros"). Según mi parecer, esa clase de servidores públicos acreditan medidas que tienen altos costos y escasos beneficios, por ejemplo el famoso Satélite Tupak Katari; también son un factor explicativo de la desconfianza interpersonal e institucional que incrementa en nuestro país, es decir, deriva en la mediocre institucionalidad existente. A diferencia de la recomendación de la lectura, para mí es muy difícil creer en la solución de un gran acuerdo político, dado que, en alguna medida siempre el poder político corrompe. Me resulta más creíble que la manera más eficaz (considerando que se necesita mucho tiempo para lograrlo) para romper las raíces de los males políticos sería necesario que la sociedad sea mucho más estudiada (tengan más capacidad crítica) y se puedan tomar decisiones más óptimas.

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  2. Entre las más grandes falencias por las que tropiezan gran parte de los estados, principalmente latinos, es la débil estructura administrativa y de gestión pública, misma que -en la mayoría de los casos y así como se afirma en el presente artículo- responden a posiciones políticas (el cuoteo de puestos) que van en desmedro de la nación.

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  3. El centralismo de poder que realiza el actual gobierno nacional, es a mi parecer un gran obstáculo al momento de desempeñar las funciones publicas (ejecutivas, legislativas, judiciales y electorales) a plenitud y sin el temor a ser despedido por no apoyar el ideal politico del partdo. Si bien el desempeño del sector público ha mejorado con relación a gobiernos pasados, eso no significa que no se pueda realizar mejor las funciones públicas.
    A mi parecer, una solución mas factible seria realizar convocatorias abiertas, de conocimiento a toda la poblacion. Para ocupar los cargos mas importantes en las instituciones publicas, los mismos serian elegidos antes de la posesión del presidente y las distintas autoridades electas.

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  4. Las economías del mundo y su componente que es la sociedad se halla en constante cambio y evolución, especialmente la sociedad boliviana no ha quedado al margen de esa realidad que vendría a ser la corrupción ya que nuestras instituciones formales son frágiles. Aunque el Estado plurinacional sea un sistema democrático es reconocido desde la primera constitución como la forma de gobierno que adopta el Estado Boliviano, sin embargo la Historia nacional nos informa de un denominador común, la corrupción. Nuestra sociedad en general adolece de un alto grado de corrupción, sobre todo en las esferas del poder, estableciéndose en aspectos Políticos, Empleados Públicos, Policía, Jueces.

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  5. la corrupción es un tema de nunca acabar, la diferencia es que unos países son menos corrupto que otros, en Bolivia se habla que los niveles de corrupción disminuyeron, pero como se puede habla de una disminución el la corrupción si el gobierno utilizo las leyes a su favor, esto se demuestra por que en las ultimas elecciones el MAS se postulo como candidato

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  6. YOMAR ANDONI MACHACA BELTRAN5 de diciembre de 2014 a las 19:38

    La corrupcion esta y sera parte de nosotros hasta que la sociedad lo vea como un malestar comun y no una accion que resulta beneficiosa para uno mismo; pero el caso de los funcionarios publicos se debe cambiar ya que crea un cierto malestar a la hora de realizar cualquier tramite o pregunta; ya que su conocimiento sobre el tema es muy limitado lo que lleva a una baja eficiencia en las entidades publicas donde se ve reflejado tal trabajador.

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  7. Como ya lo mencionaron antes, es un tema que no tiene final, y al menos en nuestra sociedad, que tiende a ver como una parte lucrativa en nuestro sistema, por eso la gente hace lo imposible para optar cargos públicos, como policía, abogacía, magisterio, fuerzas armadas y demás lugares, donde las personas ya no optan por vocación, sino solo el simple hecho de tener un sueldo seguro.
    Cambiar todo este entorno parece ser un tema que nunca llegará a perpetrarse, ya que parece que en la mentalidad de la población esta arraigado estos hechos de corrupción, como el saber cuanto es una coima, que día ir para que toque algún pariente o un amigo para pedirle "un favorcito".
    como una vez escuche mencionar al Lic. Fernando Untoja, la sociedad boliviana esa en un estado feudal donde todo se basa en la pertenencia, que todos por tener algún conocido tienen como el derecho a que sus necesidades sean atendidas con un favoritismo, sólo cuando exista un cambio de mentalidad todos podremos jalar hacia un país mas eficiente y menos corrupto.

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  8. Está bien que por fin los jueces cumplan con su tarea, y que los culpables reciban el castigo previsto por la ley. Pero un juez es como un cirujano, que intenta remediar algo del daño ya hecho: la decencia pública no pueden garantizarla los jueces, en la misma medida en que la salud pública no depende de los cirujanos. Los ánimos están muy cargados, y la gente exige, con razón, una justicia rápida y visible, pero no se puede confundir el castigo del delito con la solución, aunque forme parte de ella. El puesto de un corrupto encarcelado lo puede ocupar otro. El daño que causa la corrupción puede no ser más grave que el desatado por la masiva incompetencia, por el capricho de los iluminados o los trastornados por el vértigo de mandar.

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  9. La teorìa nos da muchas pautas para actuar, pero nunca considera la situación institucional de las entidades públicas, además de eso aquellas barreras en cuanto a la falta de valores que existe actualmente y pueden ser una de las filtraciones más significativas con las que tiene que luchar las autoridades.
    De la población economicamente activa actualmente casi un 40% debe estar dentro de alguna institución pública, muchas de estas personas desde mi punto de vista perdieron el objetivo de sus profesiones y se dejaron seducir por algun poder con el que cuentan. Además de eso la situación de un país en donde las empresas no son varias y es el gobierno quien va creando más fuentes de trabajo explica las causas de esos problemas.
    Esta nota describe exactamente como cualquier persona de a pie tiene la imagen de los servidores públicos y es porque esa burocracia creciente en todas las instituciones tiene cansados a todos y como dice la frase, si no puedes contra ellos unetelos..
    Sin considerar que la sociedad actual no cuenta con muchas opciones laborales y debe tratar de permanecer el tiempo que pueda, eso claramente implica regirte a tu jefe.

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